Me cuenta una colega de ultramar, Susana*, que en su entorno y más en concreto en su país, La República Dominicana, se está popularizando el empleo de otro disparate terapeútico con fines adelgazantes. Se trata de la conocida como malla supralingual, también referida como “malla adelgazante”, “malla lingual adelgazante”, “malla lival; y en inglés como “tongue patch diet”.

En esencia consiste en la colocación de una malla de material quirúrgico más o menos rígido en la superficie de la lengua del paciente que queda ahí instalada durante un periodo que suele oscilar entre el mes y los dos meses. No obstante los ciclos pueden “empalmarse” con descansos semanales de por medio, es decir, se está dos meses con la malla, la quitan para “descansar” una semana y otra nueva malla… así hasta que se alcance el peso deseado. Les invito a que sigan el enlace haciendo click en la fotografía y vean cómo se coloca.

Con esta malla que se sujeta a la lengua mediante puntos de sutura o grapas el paciente ve dificultada, por no decir imposibilitada por el dolor que le causa, la ingesta de alimentos sólidos y durante este tiempo ha de seguir una dieta líquida, todo lo más de consistencia pastosa. Al igual que en otras “brillantes ideas” antiobesidad las promesas garantizadas sobre una rápida pérdida de peso son frecuentes entre sus promotores (hasta 12 kg al mes). Siempre según sus defensores todo son ventajas y sin la presencia de efectos secundarios ni riesgos o, como mucho, –no se lo pierdan– “efectos secundarios de carácter psicológico o consecuencia de no seguir las instrucciones del especialista o hacer trampa” (o sea, que si hay efectos secundarios serán culpa del paciente) Una estrategia que se vende tan eficaz en sus resultados como la cirugía bariátrica, mucho más económica y, claro está, sin sus riesgos. No puedo negar que una de los aspectos que más me han llamado la atención es su indicación incluso en niños de 12 años. Desconozco la razón por la que han elegido esta edad como límite y no 10, 8 ó 4 ya puestos. Ni que decir tiene que PubMed (una de las bases de datos de referencia para la búsqueda de publicaciones científicas) no contiene la menor referencia a este sistema como terapia en la pérdida de peso, y evidentemente, ni a sus riesgos, eficacia, etc.

Como siempre, la autoría de este invento más propio de la factoría -ficticia- ACME que de una conveniente investigación médica en el terreno de la obesidad se la disputan varias personas, entre ellas el Dr. Paul Chugay al que se le puede ver en este video haciendo una descripción de las bondades del método.

No obstante no es infrecuente encontrar en la red más paternidades sobre el método, como la que reclama el Dr. Raúl Góngora con su método “patentado, registrado y reconocido a nivel internacional”.

¿Saben una cosa? El conocimiento de estas propuestas para la pérdida de peso me ha recordado otras ya un tanto demodé (pero no del todo olvidadas) y con un nexo de unión común, el empleo de metodologías más propias del medioevo afines a la doncella de hierro o a cachivaches similares. Me refiero por ejemplo a la técnica conocida en inglés como “jaws wiring” o cosido mandibular, con el fin de impedir abrir la boca al paciente obeso en cuestión. Antes el cosido mandibular se hacía cosiendo literalmente las mandíbulas, sin embargo hoy la técnica “mucho más civilizada” (modo sarcasmo “ON”) mantiene cerradas las mandíbulas del paciente mediante un hilo que une unos braquets fijados a las piezas dentales. Aquí tienen un ejemplo (advierto que puede resultar desagradable de ver).

Estas iniciativas, en mi opinión y entre otras cosas, dan muestra de dos realidades: Por un lado de la desesperación que para muchas personas que gozan de todo mi respeto supone el estar en una situación de sobrepeso u obesidad, una desesperación que les lleva a someterse incluso a estas medidas y; por el otro de la falta de escrúpulos de algunos profesionales sanitarios que sabedores de la desesperación de aquellos no dudan en aprovecharse con el fin de hacer un feo negocio. Y que en este caso no gozán ni del más insignificante de mis respetos.

Fuente: El nutricionista de la general

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